Estas citas revelan como Freud caracteriza a la mujer desde
un análisis comparativo que toma al hombre como modelo.
El mismo
Freud, conocedor de la insuficiencia de su conceptualización en este tema
sugiere "esperar a que la ciencia pueda procurar informes más profundos y
coherentes".
Menciona N.
Levinton el concepto de género como aporte privilegiado que
puede animar a una nueva lectura que a pesar de no ser un término clásico
psicoanalítico, tal como apunta Dio Bleichmar, puede ajustarse al par
feminidad/masculinidad al que hace referencia la teoría psicoanalítica.
Con su incorporación puede cuestionarse que la diferencia anatómica se
constituya necesariamente en el referente obligado de la feminidad.
Analiza en su
trabajo otras dimensiones a tomar en cuenta:
 |
cómo se
construye la identidad temprana (preedípica).
|
 |
de qué forma
la intersubjetividad va a determinar la organización de la sexualidad.
|
 |
si es
conveniente seguir otorgándole al complejo de Edipo la condición de
núcleo estructurante del psiquismo.
|
La autora se
plantea si pudiera pensarse que Freud estuviese considerando como lo
normal, constitutivo de la sexualidad femenina, a determinadas
configuraciones psicopatológicas.
A este
respecto, cita por ejemplo a Jones (1933) quien plantea el concepto de
envidia del pene, bien como una fórmula de compromiso neurótico, bien
como síntoma y defensa frente al temor del daño al interior del cuerpo que
conlleva la feminidad. O quizá haya que plantear ya abiertamente que no es
una etapa inevitable en el desarrollo de la niña, sino que «en
condiciones específicas (siguiendo el criterio de las series
complementarias), es decir sobre la base de una determinada disposición, y
al ser activada por alguna experiencia desencadenante particular que
promoviera esa fantasía específica podría aparecer en algunas niñas el
sentimiento de minusvalía por el reconocimiento de la falta, o envidia del
pene frente al hermano y/o amiguito que lo posee» (p. 34).
Otro ejemplo
es el de la equivalencia del clítoris con un pene atrofiado
que fundamenta la teoría de la bisexualidad de la niña. Referencia
revelada incorrecta por los ya citados estudios de Money que
demuestran que desde el punto de vista embriológico el pene es un clítoris
masculinizado bajo la influencia de los andrógenos en el tercer mes de
embarazo. O la fantasía de escenas de seducción por parte de los padres
como elemento propio de la configuración edípica; incluso la tan manida
hostilidad de la niña contra la madre como consecuencia del reproche por
haberla privado de pene.
De estas
reflexiones se desprende la pregunta sobre por qué las teorías sexuales
infantiles, planteadas como el resultado de la lógica aplicada por los
niños al desciframiento del enigma de la sexualidad, se convierten en
universales y aplicables al psiquismo de los adultos. E incluyen como
temas necesarios por su ambigüedad y contradicción el de la atribución de
la "pasividad femenina" a características anatómicas (vagina = cavidad), y
otras transposiciones desde el orden biológico hacia lo cognitivo y lo
emocional.
La tarea de
reformulación que se plantea N. Levinton abarca otros dos conceptos
fundamentales en psicoanálisis: masoquismo y superyó.
Masoquismo
descrito por Freud como “constitucionalmente prescrito y socialmente
impuesto” a la mujer.
Señala la
autora que la censura social sobre la agresividad femenina facilita la
erotización de las tendencias agresivas vueltas hacia sí misma, origen del
masoquismo. Ambos temas se trabajan en la línea marcada por Emilce Dio
Bleichmar en su libro “La sexualidad Femenina”.
Y la cuestión
del superyó, que la autora rastreará de los esbozos iniciales hasta su
definitiva conceptualización, incluyendo como referencia privilegiada la
que menciona sobre la «’sorprendente’, ‘no sospechada’ impronta de la
significación (en cuanto a su duración, y las consecuencias que tendrán a
posteriori), de la relación de la niña con su madre». El superyó, cuya
génesis el mismo Freud vinculó a la relación de la niña con su madre, en
la etapa anterior al complejo de Edipo.
Citando a J.
Flax, se apunta que tal vez se haya privilegiado el conflicto edípico como
núcleo primordial de la vida individual, al servicio del conjunto de la
cultura, desvalorizando la posición central de la relación madre-hijo
preedípica.
Levinton
rescatará en su libro el período preedípico y su trascendental implicación
en la subjetividad de la niña como núcleo central para el planteamiento de
la génesis del superyó.
B) LA MUJER
PENSADA Y DESCRITA POR FREUD. VIENA, FIN DE SIGLO.
La
conceptualización freudiana sobre el superyó o sobre la feminidad aparece
contextualizada en el marco de que Freud fue un hombre de su época,
imbuido y determinado por la impronta de su tiempo. Lo que haría necesario
una revisión a la luz de lo que al saber se ha incorporado desde entonces
hasta el presente.
Levinton
revisa así algunos documentos de la vida privada de Freud para revelarnos
algunos preconceptos que tendrán un lugar destacado en la formulación del
superyó femenino, apelando a la correspondencia de Freud con su futura
esposa y a la actitud paternalista que mantuvo con otras mujeres que
tuvieron importancia en su vida (Lou A. Salomé, M. Bernays...).
También en
textos como "Estudios sobre la histeria" se hacen evidentes los
prejuicios propios de la época, cuando en el análisis de un caso
identifica los deseos de superación de una paciente y su intento de
mantener un criterio autónomo como complejo de masculinidad o rivalidad
con el hombre.
Así como en
"Análisis fragmentario de una histeria " (caso Dora) queda clara la
diferencia entre los parámetros por los que se definen las
particularidades, en función del significativo sesgo dado por ser un
hombre o una mujer, las diferencias a la hora de juzgar al padre o a la
madre de Dora.
O en "El
malestar de la cultura”, cuando asevera que las mujeres están
"escasamente dotadas para la sublimación" y que "la obra cultural es tarea
masculina", sin tener en consideración cuanto de causalidad en esa
dificultad para la sublimación tiene el que, para hacerlo, la mujer
hubiese tenido que abandonar -sustraer libido de- las relaciones con los
hombres y los intereses de la familia. Amén de olvidar como capacidad de
sublimación a la función privilegiada por antonomasia: ser cuidadoras de
la vida.
Todo lo
anterior no viene sino a reflejar que Freud se hace eco en algunos
momentos de su obra de la representación que imperaba sobre la mujer,
cayendo en prejuicios hondamente arraigados. Que sus formulaciones parten
de su experiencia personal y de la significación que él le da a lo que las
mujeres aporten como material clínico. Es esta significación particular,
universalizada posteriormente, la que N. Levinton pretende cuestionar.
C.-CONCEPTUALIZACION
SOBRE EL SUPERYÓ EN FREUD
La teoría
freudiana ha denominado tradicionalmente superyó a la instancia psíquica a
la que se le atribuye la definición de "juez interno", siendo una parte
del psiquismo que observa críticamente a la otra y cuya función se
definirá como de autoobservación, censura, control de pulsiones e ideal
del yo.
Freud partía
del interrogante sobre los "mandatos incomprensibles" o "religión privada"
para ir desarrollando su teoría del superyó. Su preocupación por los
orígenes del sentimiento de culpa en la neurosis obsesiva lo lleva a
definir la conciencia moral, formada en la dinámica entre determinadas
mociones de deseo existentes en nosotros frente a las cuales se alza un
juicio adverso interior que se expresa en conciencia de culpa (Tótem y
tabú, 1912-13).
La autora
sugiere que «la conceptualización del superyó tal y como está
desarrollada en su obra y se ha mantenido en la concepción psicoanalítica
posfreudiana, mantiene una compleja relación entre dos cuestiones
difíciles de correlacionar para un público no psicoanalítico: la
vinculación entre la ley de prohibición del incesto como forma de regular
los deseos sexuales dentro del ámbito de la célula familiar, y su
instauración como norma privilegiada para la organización de la
subjetividad» (pág. 18).
De modo que el
superyó se fundamenta sobre el abandono de los deseos incestuosos tanto
hacia la madre como hacia el padre, deseos que conformarán el núcleo del
complejo de Edipo.
Asimismo, la
autora afirma: «En el varón la temida amenaza de castración, o sea el
castigo fantaseado bajo la forma del cercenamiento de los genitales lo
empujaría al abandono del enamoramiento de la madre y a la identificación
con el padre preservando así su preciado órgano (el pene). Por lo tanto,
se otorga a la angustia de castración un lazo indisoluble con la
configuración superyoica a la que da lugar» (p. 18).
Levinton
revisa diferentes textos freudianos rastreando la formulación sobre el
origen, formación y funciones de esta instancia psíquica.
Funciones que
se definen como: autoobservación, conciencia moral y función del ideal,
originadas primero sobre el modelo del superyó de sus progenitores (a su
vez representantes de una tradición de generaciones anteriores),
internalizando la autoridad representada por los padres que después se
erige en propia del superyó, que recoge el rigor, lo punitivo y lo
prohibitivo transmitido por los padres. Incluida la relación de esta
internalización de la autoridad y su vinculación con la angustia, y la
diferencia entre culpa (tensión entre el yo y la conciencia moral que
regula fundamentalmente los deseos incestuosos y agresivos) y el
sentimiento de inferioridad respecto del ideal del yo (incumplimiento de
las expectativas necesarias para lograr la aprobación del superyó).
C-1. EL
SUPERYÓ EN LA MUJER
Tras
describir el superyó freudiano como fundado en la prohibición del incesto
y como legislador por antonomasia de la sexualidad en ambos géneros,
Levinton analiza la cuestión del superyó en la mujer, en un constructo en
que la envidia del pene, la amenaza de castración, etc, la sitúan en una
posición de clara minusvalía moral.
Escribe
Levinton: «En el desarrollo que se toma como referencia, todo lo que
suceda en la niña se describe en oposición a lo que se ha pre-sentado
corno modelo ejemplificador. Dado este planteo inicial, el sesgo de género
masculino determinará de antemano los ítem que se consideran para definir
al superyó: la posesión o no del pene, el temor a la amenaza de
castración, la posible identificación con el padre como representante de
las leyes y tradiciones de su cultura, etc.» (p. 18).
Siguiendo con
su análisis de los textos de Freud, la autora cuestiona afirmaciones en
torno a lo "éticamente normal" que se entiende en la inicial teoría
psicoanalítica como distinto en hombres y mujeres (siempre dejando a la
mujer en la posición de "menor", menor sentido de la justicia, menor
capacidad de sublimación, menor capacidad de someterse a necesidades...).
En textos
posteriores, como “Inhibición, Síntoma y Angustia” (1926), se significan
otras situaciones capaces de generar angustia: el nacimiento, la pérdida
de la madre como objeto, la pérdida de pene, la pérdida del amor del
objeto y la pérdida del amor del superyó. Se reconoce, asimismo, la mayor
significación de la fase preedípica, de la fuerte ligazón madre-hija, en
el caso de las mujeres y se apunta a que en el caso de la mujer «puede
afirmarse que la situación de peligro más eficaz como generadora de
angustia es la de la pérdida de objeto, introduciendo una pequeña
modificación: la sugerencia de hacerlo extensivo a la pérdida de amor por
parte del objeto» (p. 58).
Según muestra
la autora, hay un continuo retorno desde los planteos iniciales de la
amenaza de castración y el complejo de Edipo a las formulaciones
posteriores que incluyen las otras causas mencionadas generadoras de
angustia distintas a dicha amenaza. Concluye Levinton: «si pensamos en
la sobrecarga de la enorme presión social ejercida sobre las mujeres para,
por una parte, censurar la legitimidad de ciertos deseos y, por otra,
imponer normas prescriptivas que potencian el sentimiento de culpa, es
innegable que la angustia frente al superyó justifica sobradamente que no
se aprecie menoscabo alguno por ausencia de la amenaza de castración»
(p. 59).
II.-REVISION
CRITICA
La autora
selecciona determinados puntos considerados como los más representativos
para tratar el tema de la relación entre las consecuencias psíquicas de
las diferencias anatómicas y su incidencia en la formación del superyó en
la teoría psicoanalítica.
Hasta 1923 los
textos freudianos proponían un desarrollo paralelo en niños y niñas sobre
la base del complejo nodal - el de Edipo- pero, a partir de esa fecha se
introduce la etapa fálica ubicando el problema de la significación sexual
en torno a ella (El final del complejo de Edipo [1924], Algunas
consecuencias de la diferencia sexual anatómica [1925]).
II.a- La
envidia del pene: una teoría sexual infantil que se convierte en premisa
universal.
El capítulo se
inicia aludiendo a la polémica en torno a la premisa universal del pene y
lo que implica como fundamento de una teoría falocéntrica y reduccionista,
que plantea que la mujer es la representante castrada de antemano de un
sexo único.
Todo ello pese
a las advertencias del propio Freud de que las “Teorías sexuales
infantiles” (1908) eran incompletas, parciales y superaban lo que el
conocimiento de la época podía explicar (Freud la compara con las "teorías
que calificamos de geniales edificadas por los adultos como tentativas de
resolver los problemas que desafían el conocimiento humano"). Lo que
conduce a que Levinton se interrogue sobre por qué una teoría tan poco
consistente puede alcanzar el estatuto de indiscutible en los posteriores
desarrollos del psicoanálisis.
El punto
central gira en torno a la posesión del pene por el niño y su carencia en
la niña. Lo cual determina que el niño renuncie a los deseos incestuosos y
acceda a la identificación con su padre para conservar así su preciado
órgano. Pero la niña, que «ha visto eso, sabe que no lo tiene y quiere
tenerlo» (El final del complejo de Edipo, p. 271) queda abocada a la
envidia del pene.
N. Levinton
cuestiona la consideración del pene como envidiable y superior a un
clítoris, y la posición de inferioridad en que esta afirmación deja
necesariamente a la mujer, según la teoría.
Dado que Freud
vincula la formación del superyó a la resolución del complejo de Edipo por
la amenaza de castración, el desarrollo del mismo en la niña necesitará
una reformulación al estar ella castrada de antemano. Porque «se
presenta así al superyó también como una categoría masculinizada. Y, sobre
todo, como una instancia que básicamente normativiza la sexualidad,
vinculándola además a la moralidad» (p. 63).
La autora cita
a D. Bernstein en el planteamiento que esta psicoanalista formula sobre
las ansiedades específicas de la niña derivadas de su dificultad de acceso
(visual y de manipulación) de sus genitales; de difusividad de sensaciones
entre clítoris, vagina, zona anal y uretral, relacionadas con aquello que
pudiera introducirse o salir de sus orificios.
La premisa de
la envidia del pene deriva en el psicoanálisis en varios sobreentendidos
sobre el desarrollo de la niña:
 |
abandono de
la autoestimulación del clítoris, por desprecio a la inferioridad de su
propio órgano,
|
 |
reproche a
la madre por haberla traído al mundo "insuficientemente dotada" y por
estar ella misma, en tanto mujer, también castrada,
|
 |
el varón
sentirá "horror ante la criatura mutilada” (Freud, 1925, p. 271),
|
 |
el
sentimiento de inferioridad derivado de ese pene atrofiado (1933) -su
clítoris- se desplaza al sentimiento de inferioridad por tensión entre
el yo y el superyó, como si el superyó pudiera encontrar más reprobable
tener un clítoris que un pene.
|
 |
la necesidad
de neutralizar la carencia del pene, instaurando la equivalencia
simbólica del deseo de un hijo.
|
Como describe
Dio Bleichmar, no solamente la hipótesis freudiana de la sexualidad de la
niña distinguida por su carácter masculino se ha demostrado inexacta a la
luz de los últimos descubrimientos en embriología, «Además del error
conceptual que ya ha sido explicitado (sobre el origen embriológicamente
femenino del pene), se ratifica el deslizamiento entre la distinción
anatómica que perjudica a la niña por no tener "eso" y la situación
psíquica enlazada a ella, que funda una amplia secuencia de asimetrías
"como si" tuviesen que ver con el pene» (p. 66), sino que la cuestión
de la envidia del pene no tiene carácter universal, no es una etapa
obligada de la infancia de la niña y, lo más importante, «puede
convertirse en el significante de la falta de cariño o de autoestima, o
sea, en complejo de castración infantil en caso que la niña atraviese
insatisfacciones afectivas con sus figuras de apego» (p. 66). Dice Dio
Bleichmar también que la envidia al pene podría reformularse como envidia
al falo como «símbolo del apoderamiento masculino de las instituciones
de lo simbólico» (p. 66).
II.b.Castración en la mujer. ¿De que hablamos?
N. Levinton se
pregunta sobre porqué el hecho de haber sido privadas del pene adquiere
tal valoración por sí mismo en la teoría, y recalca, siguiendo a Dio
Bleichmar, que se trata sobre todo de la diferencia que establece el
género: de la posición del sujeto en las relaciones humanas, de la
distinción y diferenciación en las estructuras psíquicas, de los soportes
narcisistas.
Todo lo cual
lleva a la autora a cuestionarse «¿Desde qué presupuesto de una teoría
pretendidamente neutra escuchamos a nuestras pacientes?» (p. 69).
¿Hasta que punto el trabajo clínico lleva a descubrir un sentimiento de
rivalidad fálica si no se desea llegar a ella?.
La teoría,
como señala Bleichmar, no es neutra, y mucho menos los que la aplicamos.
Y sugiere resignificar la envidia desde una intersubjetividad que
homologa pene con superioridad, y falta de pene con minusvalía, privación
e inadecuación. Por lo que Levinton plantea «Básicamente, el
cuestionamiento es que el reclamo por el daño y la humillación sean por lo
vivido en tanto género como injusticia y asimetría en las mujeres, y
usufructuado como posibilidad "natural" de los hombres» (p. 69) Por lo
tanto, ¿por qué seguir llamando a eso pene?
Respecto a la
necesidad de la madre "castrada" de tener un hijo para compensar la falta
de pene ¿no se está ignorando que el verdadero necesitado es el bebé,
paradigma de la dependencia y la impotencia?
También resalta la autora cómo es curioso que la ley de prohibición del
incesto quede exclusivamente referida al par hijo varón-madre, cuando las
transgresiones más frecuentes son las del par inverso, mientras que a la
seducción paterna (significada como perteneciente en exclusiva al mundo de
la fantasía de la histérica) no parece que la ley le dé alcance con la
debida fuerza represora en el hombre adulto (y las estadísticas apoyan sin
lugar a dudas este cuestionamiento).
Retomando la
cuestión del superyó, éste surge según la teoría psicoanalítica como
consecuencia de los estadíos del desarrollo de la libido hasta llegar a la
etapa fálica, el complejo de Edipo, la envidia del pene y la angustia y la
amenaza de castración subsiguientes. La autora plantea la paradoja que
resulta de que en la teoría, como se ha visto anteriormente, si la
ausencia de la amenaza de castración define en la mujer un superyó tan
«defectuoso» (p. 72), ¿cómo explicar sus devastadores efectos en la
clínica?
Como
respuesta, señala a lo largo de su trabajo, que quizá haya que incluir
nuevos determinantes en la constitución del superyó. Tras el
cuestionamiento de la angustia de castración en la niña y rastreando otro
referente que actúe como equivalente en su aparato psíquico, menciona aquí
Levinton a D. Bernstein, en su articulo "El superyó femenino. Una
perspectiva diferente". Bernstein sostiene que Freud toma para su teoría
en la valoración el superyó de las mujeres una característica más propia
de los hombres (firmeza/rigidez de la estructura), restando valor a la
condición de flexibilidad de las mujeres, aclarando cómo se mide la
fortaleza del superyó de acuerdo a sus contenidos, y no por la severidad
con que se cumplen sus prescripciones (p. 72). Asimismo, se hace evidente
la ausencia en el superyó masculino del imperativo categórico de la
paternidad, y comenta la consideración al respecto de los precursores
preedípicos del superyó donde las prohibiciones fueron más tempranas en
las mujeres.
En su
magnifica lectura de los textos freudianos que tratan este tema, la autora
halla en el mismo Freud las pistas para encontrar el sustituto en la niña
de la angustia de castración: "estas formaciones parecen ser resultado de
la educación, del amedrentamiento externo, que amenaza con la pérdida del
ser-amado" (El final del complejo de Edipo, 1924) y en otro lugar: "en la
mujer parece ser el peligro de la pérdida del objeto la situación de mayor
eficacia (para generar angustia)" (Inhibición, síntoma y angustia, 1925).
Lo que lleva a Levinton a plantear: «La hipótesis de la importancia
fundamental de la condición del temor a la pérdida del amor de parte del
objeto en la mujer merece la misma consideración, como factor de un
superyó de género, tan crucial y determinante como la amenaza de
castración en el varoncito» (p. 74).
II-c
Masoquismo
Sabemos que
el tema del masoquismo femenino es una compleja formulación acerca del
movimiento pulsional de la agresividad vuelta “hacia dentro” con la
posible búsqueda de placer en el sufrimiento.
Propuesto
además como una "expresión de la naturaleza femenina" (Freud, 1924).
Al analizar
los postulados freudianos sobre el masoquismo se describen los de 1924 en
“El problema económico del masoquismo, donde se mencionan «tres formas
posibles: 1) el masoquismo erógeno, definido como el placer de recibir
dolor (que subyace a las otras dos formas); 2) el masoquismo femenino al
que se define como «la forma más accesible a nuestra observación,
menos enigmático, y se lo puede abarcar en todos sus nexos»(pág. 167); y
3) el masoquismo moral, (explicado como un sentimiento de
culpabilidad inconsciente en la mayor parte de los casos)» (p. 74)
y se aclara que el concepto de coexcitación permite plantear que no es lo
mismo que pueda haber un estado de excitación asociado al dolor, que
aseverar que es el dolor el que causa el placer (p. 75) Se entiende así
que la sexualidad de los hombres contiene un componente de agresión (resto
de una tendencia a someter, cuyo posible origen biológico fuese el de
someter la resistencia del objeto sexual). A partir de que el pene queda
definido como órgano activo, a la vagina, en virtud de su capacidad
receptora, se le puede atribuir como contrapartida la pasividad como
condición básica. Se hace coincidir pues, el par actividad-pasividad con
su correlato masculino-femenino.
La autora hace
una magnifica reflexión sobre este tema retomado la propuesta freudiana:
«Es decir: como la mujer no puede sustraerse del masoquismo primario,
tanto por su propia constitución (¿intensidad de la pulsión? ¿la vagina
como cavidad?), como por las reglas sociales que se lo prescriben, no
podrá ni descargar hacia afuera ni elaborar las pulsiones masoquistas de
muerte, excepto por inversión de actividad en pasividad y por
transposición del objeto al sujeto. […] Así expresado pareciera que, en
tanto la actividad/agresividad hacia el exterior le es censurada,
necesariamente tendrá que "volverla hacia adentro". […] Pero: ¿Puede
pensarse acaso en algún componente constitucional que conduzca a la niña
hacia el masoquismo primario y también que le prescriba sofocar su
agresión? ¿Cuál? ¿Tendremos que volver una y otra vez sobre el "destino de
nuestra anatomía"?» (p. 76).
Ignorándose la
paradoja que supone que la mujer tenga que sofocar su agresividad cuando
desde la propia teoría tiene tantos motivos para sentirla (la castración,
la envidia del pene, la inferioridad propia y de la madre, etc...
II-d Helen
Deutsch: La psicología de la mujer.
En este
capitulo, N. Levinton revisa la obra de H. Deutsch para encontrar
significativas referencias en cuanto a la relevancia de la fase preedípica
en la relación de la niña con la madre y de su importancia en todas las
etapas de la vida de una mujer.
Entiende
también que algunas de las formulaciones de Deutsch podrían enmarcarse hoy
en la línea de la intersubjetividad, y la sitúa como pionera en mencionar
la influencia de los factores sociales de crianza y educación para la
instauración del llamado sistema sexo-género.
La etapa
preedípica se reeditaría durante la prepubertad, con el intento de la niña
de liberarse de ella "al ser la madre la representación del lazo más
fuerte con el pasado" (Deutsch, 1944). A este respecto, piensa que el
cambio de objeto jamás tiene lugar completamente (p. 32), y la adhesión a
la madre desempeñará un papel significativo en todas las etapas de la vida
de la mujer. Si el intento de deshacer esta adhesión fracasa, la joven
tenderá a establecer relaciones marcadas por la dependencia emocional y
por una gran necesidad de apoyo, en una actitud de intensa demanda que es
muy difícil de satisfacer. No distingue H. Deutsch, en cambio, entre los
factores que contribuyen a la generación de sentimientos de culpa,
agresivos y/o violentos, diferencias en niñas y varones.
Siendo
anterior a la formulación del concepto de género, la obra de Deutsch
ahonda en aspectos ligados a las vivencias emocionales y a cómo éstas
deben responder a un modelo internalizado de lo que se supone debe ser una
muchacha y posteriormente una mujer.
Describe así
cómo en la etapa prepuberal la niña busca un alter ego con el que
identificarse en una búsqueda de seguridad y cómo el conocimiento de sus
deseos sexuales se reprime más y durante un tiempo mayor que en sus
coetáneos varones. Propone que pueda estar presente en esta etapa también
el surgimiento de sentimientos hostiles hacia la madre por su función
represora de su comportamiento "adulto", y no hacer derivar dichos
sentimientos solamente del complejo de Edipo.
Para Deutsch,
si bien hay una etapa de actividad propia de la prepubertad igual para
ambos sexos, en la niña el impulso para la actividad es más débil y la
inhibición externa más fuerte, sobre todo frente a los componentes
agresivos. Que no es gratuita ni ligada a la constitución anatómica como
señalaban los textos freudianos, sino que queda conformada como una
transacción en la que el medio social ofrece a la mujer un soborno por
renunciar a ellos: es el pago por ser amada. Pero los deseos hostiles han
de encontrar una salida, y lo hacen dotando al estado pasivo de ser amada
de un carácter masoquista.
Así, este
sobreinvestimiento del "ser amada" conduce a las mujeres a renunciar
muchas veces a sus propios juicios, buscando aprobación y satisfacción
narcisista complaciendo al otro. Rasgos claramente conceptualizados hoy
como propios de la subjetividad femenina.
Concluyendo,
las críticas de la autora a los planteos de H. Deutsch son:
 |
vuelve a
retomar el discurso freudiano que toma a las diferencias anatómicas como
base de las psicológicas.
|
 |
También
estimula la "masculinidad" en las mujeres y desalienta la "feminidad" en
los hombres, en virtud de que la valoración social es diferente para los
rasgos considerados como masculinos frente a los femeninos.
|
 |
refleja el
pensamiento prejuicioso de la época al hablar de las mujeres
intelectuales como "masculinizadas"
|
 |
a pesar de
admitir los preconceptos sobre las cualidades afectivas específicas
femeninas (intuición, empatía...).
|
 |
sus
contradicciones entre una aproximación que pone el énfasis en los
factores de socialización y el retorno a aspectos “constitucionales”.
|
El tema del
masoquismo Deutsch lo correlaciona con la pasividad femenina, derivando
ambos de la "constitución femenina", en la cual la desviación de lo
activo a lo pasivo es un rasgo nuclear y permanente.
N. Levinton señala las ambigüedades en la obra de esta autora cuando, pese
a su insistencia en los diferencias de tratamiento que reciben los
jóvenes, según sean mujeres o varones cuando en la prepubertad surge el
impulso activo de conquistar el medio, termine atribuyendo a la "atracción
de la mujer por el sufrimiento" el mayor peso en la constitución del
masoquismo femenino. Y a su planteamiento del deseo de maternidad como
deseo masoquista opone la concepción de Bleichmar de "seudomasoquismo",
cuando el displacer es inevitable pero el propósito es otro, en este caso
ser madre. Otra vez se produce el deslizamiento y "se atribuye a factores
pulsionales lo que el peso de la cultura propone como propio para lo
femenino y la masculinidad" (pág. 87).
La autora
también cita a Karen Horney (1933) como otra conceptualización que
cuestiona la tesis freudiana sobre el desarrollo psicosexual en la niña,
mencionando como fuente de ansiedad específica en la niña el temor al
genital del padre, en tanto que puede ser fantaseado como persecutorio,
algo que penetra y puede amenazar su integridad corporal.
III.- OTRAS
VOCES
En este
capítulo Levinton elige a tres autoras de nuestra época para prologar con
sus aportes la revisión que se propone hacer del tema de la subjetividad
femenina, particularmente en sus aspectos de relación con la
"normatividad".
Emilce Dio
Bleichmar
Plantea un
serio cuestionamiento al monismo fálico freudiano, recorriendo la obra
freudiana para indagar cómo se construye la conceptualización de la
feminidad a partir de la sexualidad. La idea de esta autora es que es
lo simbólico lo que codifica al cuerpo, no el cuerpo lo que constituye el
fantasma. Y señala la desigualdad entre el fantasma masculino (relación
deseo-placer) y el femenino (relación deseo-temor). Continua la línea de
señalar los desplazamientos del procesamiento fantasmático del varón sobre
la niña (la consideración de la vagina como ausencia de algo, el temor a
la castración...) y como todo ello es un retornar siempre a la idea
freudiana de que "la anatomía es el destino" (Freud, 1912).
Recoge Dio
Bleichmar las investigaciones de Money sobre los aspectos de la sexualidad
relativos al género como determinados esencialmente desde la cultura en
que están inscritos y también que la determinación del comportamiento de
género no está dada por el sexo biológico, sino por las experiencias
vividas desde el nacimiento, iniciándose con la asignación de género.
La propuesta
de esta autora es superar la controversia entre feminidad primaria y
secundaria con la introducción de la noción de género, y disipar la
confusión entre identidad femenina y sexualidad femenina, conceptos que,
pese a su articulación, son diferentes.
Abordando el
tema de las consecuencias psíquicas del reconocimiento de la diferencia
anatómica de los sexos, señala la especificidad que este hecho tiene para
la niña: la coexistencia temporal de la configuración del deseo
heterosexual y de los comienzos del superyó.
En cuanto al
procesamiento de los contenidos sexuales transmitidos por los adultos en
los primeros años de vida, plantea cómo esa sexualidad enmascarada,
vehiculizada a través de los cuidados maternos posibilita la fusión entre
amor y sexualidad, ternura y erotismo, el cuidado y el deseo erótico.
Esto sería
válido para niños y niñas pero, más adelante, la mirada del
padre/adulto-varón sobre la niña con su condición sexualizante, la
convierte en culpable por poseer un cuerpo que atrae la mirada. Ese acceso
precoz de la niña al significado sexual de las relaciones adulto/niña
facilitaría la mayor violencia de la represión de la sexualidad en la
mujer.
Este hecho y
el panorama amenazante de la clasificación de las mujeres en torno a su
sexualidad (esposas o concubinas, honradas y ligeras, mujeres repudiadas
por actividades sexuales ilícitas… ) no existen para el varón. Así, para
preservar su integridad y su narcisismo, la niña reprimiría el deseo y
transformaría el temor en idealización del amor.
Otra
aportación importante es la idea de que tanto la masculinidad como la
feminidad se construyen mediante la interacción, en la intersubjetividad,
poniendo especial énfasis en cómo se produce la transmisión de un formato
de género. De esta “ley de género” sancionada desde su mundo interno,
germen de sentimientos de autopersecución y culpabilidad, se derivaría un
aspecto importante del origen del masoquismo moral femenino.
Dio Bleichmar
propone que la pérdida del ideal femenino primario es el resultado del
acceso de la niña a la imagen devaluada del propio género. Después de una
etapa de identificación con las características de la imagen idealizada de
la madre, se inicia el registro no de la “castración” de ésta, sino de las
otras diferencias (no solo las anatómicas) en términos de las
desigualdades que comportan (pág. 98).
Como concluye Levinton, la obra de Dio Bleichmar "contribuye a resaltar
la discriminación entre feminidad y sexualidad femenina, entre género y
sexo, entre el papel social para representar y el deseo sexual, con el
objetivo explícito de no seguir reforzando el discurso cultural y
científico que transforma en usurpación o trasgresión, la creatividad o
potencia de las mujeres fuera del ámbito doméstico" (pág. 100).
Ana María
Fernández
Plantea la
"de-construcción" de la teoría psicoanalítica en lo referente al género
desde una doble dimensión:
 |
epistémica (episteme
de lo Mismo): cuestionar la lógica de la diferencia por la cual se
homologa Hombre = hombre, invisibilizando lo genérico femenino no
equiparable a lo masculino, señalando lo diferente como inferior (pág.
101)
|
 |
política:
indagación histórica de cuándo, cómo y por qué se instituyeron y se
significaron lo femenino-masculino en determinados momentos históricos y
cuando la teoría puede romper con este esencialismo y cuando no.
|
Señala
Fernández como es la cultura - y no la biología- la que ha ido
generando un proceso de producción de sentido que inferioriza la
alteridad.
Carol Gilligan
Esta autora
cuestiona la supuesta neutralidad de las ciencias sociales, y en su
trabajo acerca de la diferencia en la construcción de las representaciones
morales en niñas y varones muestra que hay dos modos de hablar de la
relación entre el yo y el otro, en función del sexo de la/el
entrevista/o.
Describe dos
tipos de ética. La "ética de la justicia" correspondiente a la
perspectiva moral masculina, y la "ética del cuidado" a la femenina.
Señala Gilligan que encontraremos en las mujeres una moral más
predispuesta a enfatizar su vinculación con los otros, por encima de la
comprensión de los derechos y reglas que implican una manera de pensar más
formal y abstracta. Y, al hilo de esto, se plantea Levinton que por ser
diferente no se puede afirmar que sea esta una moral deficitaria.
El otro
aporte que Levinton recoge de esta autora hace referencia a las
diferencias entre niñas y niños en el proceso de individuación. Siendo la
madre su modelo de identificación, no queda amenazada su identidad sexual,
por lo tanto se refuerzan los vínculos de apego que condicionarán,
posteriormente, una intensa preocupación por las relaciones y mayor
sensibilidad por las necesidades de los demás. Como lo cotizado
positivamente es la autonomía precoz, esta tendencia será evaluada como
fallo en el desarrollo de la niña, y debilidad en la mujer.
IV.- Intento
de una reformulación diferente sobre el superyó femenino, que no
normativiza lo masculino
Tras su
excelente recorrido tanto por el pensamiento psicoanalítico como por los
aportes de otras autoras, N. Levinton inicia en este capítulo su propuesta
de reformulación de algunas cuestiones en torno al superyó femenino (tanto
en la génesis como en los contenidos). Su interés es mostrar el
fundamento intersubjetivo de la feminidad en la etapa preedípica. Y
para ello articula tres conceptualizaciones:
1.- El
enfoque “Modular-transformacional” de H. Bleichmar
2.- La intersubjetividad y
3.- La noción de género.
1.- El enfoque
modular-transformacional de H. Bleichmar
En su libro
"Avances en psicoterapia psicoanalítica" (1997) H. Bleichmar define el
psiquismo como la articulación de múltiples sistemas motivacionales -o
módulos- que movilizan distintos tipos de deseos (hetero-autoconservación,
apego, sensual-sexual, narcisista) que dirigen la actividad psíquica y dan
lugar a las diferentes configuraciones de la personalidad.
N. Levinton
utiliza la definición de este autor del superyó, y su formulación del
concepto de "creencias matrices pasionales" (ideas que conforman la propia
identidad, con una calidad afectiva elevada). Y define un superyó generado
en el periodo preedípico, con contenidos o mandatos superyoicos tanto de
orden moral como del narcisismo del yo, condicionados por el formato de
género y sancionados por la amenaza de castigo (culpa o sentimientos de
desvalorización). Y con unos ideales que refieren a autoexigencias para
tener un sentimiento de valía -vs desaprobación narcisística por pérdida
del amor del superyó.
Cabe señalar
cómo Bleichmar amplía aquí el concepto freudiano de la culpa, incluyendo
en su génesis múltiples determinaciones –introyección de una identidad de
culpable debido a mensajes parentales, la identificación con padres
culposos, la culpa defensiva para apaciguar al perseguidor o proteger la
imagen idealizada de otro significativo del que se depende vitalmente.
Sugiere la
autora que el genero operaría como creencia matriz pasional, "al
imponer un sesgo que va más allá de la racionalidad, que le da el carácter
pasional trascendiendo el propio argumento. Es decir que irá configurando
contenidos particulares del psiquismo. Lo más importante reside en su
implante articulado con una fuerte motivación narcisista legitimada a
partir del discurso de los padres, que delimitan lo que corresponde
para ser una niña, y por oposición al otro sexo/género, establece la
complementariedad de lo que no es lo propio de uno pero sí del otro
género" (pág. 111). Se ilustra este texto con algunas creencias
matrices de género:
 |
"las niñas
no pegan" (no expresan agresividad)
|
 |
si no eres
obediente nadie te va a querer
|
 |
ser buena es
estar disponible para los demás
|
 |
ser una
buena mujer es saber cuidar (los vínculos, los objetos...)
|
Estas
construcciones sociales se proyectan sobre niños y niñas de forma
pertinente a su identidad, constituyéndose en creencias matrices
pasionales.
Son
contenidos, pero funcionan como estructura.
2.- Intersubjetividad
En este
concepto, Levinton toma como referencia el texto de Mitchell "Conceptos
relacionales en psicoanálisis: una integración" (1988), que propone una
mente diádica e interactiva, cuya organización y estructuras psíquicas se
construirán a partir de los modelos de interacción con otras mentes.
Los
intersubjetivistas proponen un modelo relacional con interacción continua
entre la biología y los procesos interpersonales.
Nos
"estructuramos" a través de las relaciones, en un constante debatir entre
el apego y la diferenciación.
Es este mundo relacional en el que la mente concentra sus esfuerzos, y no
en la descarga pulsional.
La autora hace
un recorrido por diferentes autores que representan la polémica entre
quienes privilegian el apego o la autoconservación; para adherirse luego a
la posición de Bowlby en cuanto a que el apego sería un fenómeno primario,
y que la relación con la madre trasciende a la dependencia fisiológica,
señalando la conducta de ambos como respuesta y combinación con el otro (Stern
1995).
El concepto de
intersubjetividad significa el pase de la relación sujeto-objeto a una
relación de encuentro entre sujetos, donde cobra particular importancia la
respuesta de reconocimiento que se obtiene del otro.
Como señala
Benjamin (citada por la autora), se ha privilegiado la autonomía negando
la importancia de la relación con los demás, del sentimiento de
mutualidad. Rescatando estos conceptos se introduce la idea de "sintonía",
como el placer de estar con el otro.
Todo el
desarrollo de la intersubjetividad tendrá su punto de partida en la
relación con la madre.
3.-Género
Tras el
cuestionamiento de la teoría clásica psicoanalítica en lo que a la
estructuración de la subjetividad femenina se refiere, aparece el concepto
de género como articulador de una nueva propuesta, que incluiría factores
externos al desarrollo y preexistentes al mismo: "tanto por los deseos y
expectativas fantasmáticas inconscientes de los padres frente a ese bebé
portador de una representación particular de lo que ser niño o niña
signifique para ellos, como por aquello que en el conjunto social en que
se inscriba promueve como formato de feminidad o masculinidad vigentes" (pág.
117).
Levinton
recoge las aportaciones de Money y Stoller acerca del "rol de género"
-feminidad o masculinidad inherentes al ser social- y de la importancia
del "sexo asignado" en la constitución de la identidad sexual. De manera
que el concepto de género impone un criterio normativo y estructurante
del psiquismo, tanto desde lo inconsciente como desde lo intersubjetivo.
La autora
incluye la consideración de J. Flax (1990) al respecto de las 3
dimensiones que intervienen en el planteamiento de género:
 |
relación
social:
afectando a las relaciones de poder y la justicia.
|
 |
categoría
de pensamiento:
las ideas que cada cultura tiene sobre el género estructuran formas de
pensamiento y de práctica.
|
 |
elemento
constitutivo de nuestra subjetividad -del sentido del yo de cada
persona- y de la expresión de la misma.
|
Por ello
inicia una revisión de diferentes parámetros del género.
3.a.-Identidad
de género
Tal como se ha
expuesto antes, existen estereotipos de rol de género, que operan desde
antes del nacimiento y son atribuidos en función del sexo. Estos
participan en el desarrollo que da lugar a la identidad, en compleja
interacción con múltiples factores del entorno. En este proceso se
adquiere tanto una "autopercepción" de lo que es ser niña, como la
captación de cuales son las expectativas que el entorno tiene respecto a
ella como niña.
Las antes
citadas investigaciones de Money demuestran que el sentimiento de
identidad de género se alcanza en los dos primeros años, esto es, antes
del conocimiento de la diferencia anatómica de los sexos y de la
problemática edípica. Por lo tanto el género es uno de los atributos
constitutivos del yo.
En las niñas
todos los procesos relacionados con la identificación con la madre están
marcados de forma diferente al ser ambas del mismo género, y se remontan
hasta antes de la concepción, a las fantasías, representaciones y
expectativas de la madre.
Levinton
postula que la niña desarrolla su feminidad, inicialmente, por
identificación a la madre.
3.b-El género
y su incidencia en la organización superyoica
En este
apartado N. Levinton aborda cómo el género (a través de las motivaciones
de apego y narcisistas ligadas al mismo) regula la constitución superyoica.
El imperativo
de género opera como prescriptivo para el yo, conservando la persistencia
de lo preedípico, de la especial vinculación con la madre (Ideal de género
como modelo respecto al cual se conforma el yo (Dio Bleichmar,1997)
Siguiendo el
enfoque modular de H. Bleichamar, la autora nos muestra como el modulo
motivacional de apego es el prevalente para la regulación narcisística
femenina. Prescripciones desde los mandatos e ideales de género se
convierten en "creencias matrices pasionales", transmitidas por la madre y
cuyo contenido está dado por los rasgos que caracterizan la maternidad,
fundamentalmente el reaseguramiento de los vínculos afectivos y el cuidado
de los otros.
Por la
influencia del formato de género queda también constituido en la
estructura superyoica femenina el conflicto entre determinados contenidos
que aparecen como antitéticos (ser femenina/ser fuerte; ser femenina/ser
activa), de forma que se refuerza la equivalencia feminidad=docilidad,
inhibiéndose las manifestaciones agresivas y sexuales.
Levinton nos
muestra como todo ello está avalado desde otros discursos, como el de la
filosofía o la sociología, que cuestionan porqué los valores
tradicionalmente propios de lo masculino han de ser más "valiosos" que las
"virtudes" femeninas, aludiendo al desigual tratamiento dado a mujeres y
hombres a la hora de mostrar unos u otros (V. Camps, 1990). Termina esta
revisión preguntándose si las mujeres pueden elegir otros deberes, sin
pasar previamente por la deconstrucción de lo preestablecido como norma en
su subjetividad. Señala que la estructura superyoica dificulta la
pretendida liberación femenina tanto como el entorno social o las
asimetrías que las mujeres arrastran desde hace siglos.
3.c- El
superyó femenino y su vinculación con la fase preedípica
En este punto
Levinton plantea que los mandatos de género, precursores del superyó, se
establecen en la etapa preedípica, antes que la normativa sexual que
caracteriza la explicación freudiana para el superyó.
A través de la
relación temprana con la figura materna la niña internaliza, un superyó
asociado a las prescripciones de género, posteriormente reforzadas desde
las instituciones de lo simbólico (cultura, religión, medios de
comunicación...).
La relación
temprana del bebé con la madre organiza tanto la modalidad vincular como
el fundamento de la percepción de un “sí mismo”. Desde esta etapa de
dependencia total, el bebé evoluciona a posiciones de mayor discriminación
y control de la realidad. La motivación de apego, iniciada a partir del
placer de la proximidad física, queda establecida aquí como condición del
desarrollo. Pero este proceso discurriría por caminos distintos en niñas y
varones, quedando en las primeras fuertemente privilegiada dicha
motivación de apego, hasta convertirse en el deseo con más carga
motivacional a lo largo de su vida, desplazando o excluyendo las
necesidades de tipo narcisista o sensual/sexual.
Levinton se
pregunta después de este planteamiento cual es el origen de la
predisposición a un modelo relacional donde la dependencia es el rasgo más
característico. En su búsqueda de una respuesta, comienza a rastrear por
lo preedípico, etapa en que la madre es vivida como fuente de satisfacción
de toda necesidad y de contención de toda angustia. Esta ligazón
preedípica se convierte en decisiva como matriz de identificaciónes,
patrón de la primera identidad femenina.
Para la madre
el nacimiento de un hijo/a produce enormes cambios en su identidad y
reorganiza su mundo de representaciones. En el caso de la niña, “este
vinculo, complejo y con fuertes tintes de ambivalencia, supondrá para
ambas –madre e hija- el escenario donde se recreen tanto sus movimientos
de acercamiento y búsqueda de proximidad emocional como estrategias de
reafirmación frente a los temores e inseguridades recíprocas y,
paralelamente, los intentos de discriminación y autonomía ante la amenaza
de la fusión invasora que la propia relación genera” (pág. 130). A
través de este complejo modelaje se configurará la identidad de género, el
sentido de un sí misma sobredeterminado por la igualdad de género con la
madre. Este rasgo favorece la no discriminación y refuerza los
sentimientos de fusión.
Y si volvemos
a la influencia de esta etapa en la génesis del superyó habría que
plantearse con la autora ¿qué es lo más temido por la niña en esta
etapa?. A lo que Levinton responde: «sin duda la falta de
aprobación y la amenaza de la pérdida de amor, bajo la forma de “si no
eres buena....mamá no te querrá”. Que es lo mismo que lo niña ve en la
escena adulta, porque mamá también se estremece si no la quieren»
(pág. 131).
Ya Freud
(1930) plantea que previo al sentimiento de culpa y la conciencia moral
existe la "angustia social" frente a la pérdida del amor del objeto
o del amor del superyó. Lo temido como desaprobación del superyó se
internaliza a partir de lo temido como desaprobación de la madre.
Si bien en la
teoría psicoanalítica clásica lo internalizado en relación con el apego
formaría parte de aspectos estructurales del yo y el ello, Levinton añade
que también intervendría estructuralmente en el superyó. Por ello analiza:
- Forja de un
ideal del yo acorde a aquello que es aceptado o rechazado
privilegiadamente por la madre.
- La constitución de la motivación de apego como principal regulador de la
ansiedad, la narcisización del apego como configurador de la subjetividad
femenina: amar, ser amada y cuidar las relaciones se convierte en
imperativo categórico de género, en el epicentro de su psiquismo.
3.d-La
cuestión de la norma
Aquí la autora
plantea una doble cuestión:
-
las normas, en la crianza y en la relación madre-hija, no están sujetas a
ninguna reglamentación que no sea “el uso”
- ¿cuál es el contenido de estas normas, y como se convierten en
prescriptivas?
- ¿como se normativizan los ideales y se narcisizan las normas?
Tanto las
normas como la valoración del “sí misma” obtenida por el cumplimiento de
las mismas se transmiten en la ambivalente relación con la madre que, a la
vez que reglamentadora de la vida cotidiana, es percibida como alguien
devaluado y desacreditado por su limitado poder
(el concepto de pérdida del ideal femenino primario de Dio Bleichmar). Las
motivaciones de apego quedan así fuertemente ligadas a la regulación
narcisística “si haces lo que dice mamá serás buena”. El apartamiento de
la norma tiene consecuencias tanto en lo intersubjetivo (pérdida del amor
de la madre) como en lo intrapsíquico (sentimiento de ser mala). Esta
trasgresión de la norma es valorada de forma diferente en función del
género: mientras en el niño se considera un rasgo de carácter, en la niña
es un incumplimiento del mandato de género, y como tal genera culpa.
La
normativización en la subjetividad femenina culmina en la sobrevaloración
de la vida emocional y el desligamiento de lo público, proceso facilitado
desde dos ámbitos:
1.- Las
condiciones externas:
bajo este ítem Levinton revisa, con diferentes autoras, cómo la situación
social primaria es naturalizada como claramente diferente para mujeres y
hombres (lo doméstico vs lo social, N. Chodorow). Citando a Amorós
presenta la diferente vinculación de la mujer con la ley, desde el logos
domestico, desautorizada frente al verdadero poder, afectas de una
“impotencia” atribuida a la biología para ser individuos y establecer
relaciones de paridad , para incidir en el mundo. Todo ello deviene en un
escaso entrenamiento instrumental para el desempeño fuera del ámbito de lo
privado.
2.- La autoexclusión:
en lo privado, tanto la norma como la trasgresión corresponden al orden de
lo emocional, y la sanción que traen aparejada es la culpa, una sanción
que no prescribe....Puesto que estas normas y sanciones no han sido
fijadas por ella, la mujer se mueve siempre en un continuo sentimiento de
inseguridad respecto a su cumplimiento, con un permanente atrapamiento
emocional. Inseguridad que es el más frecuente motivo de consulta. Se
pregunta aquí la autora “¿qué es lo que lleva implícito para las
mujeres este precepto que las condicione para hacerse cargo del cuidado de
los vínculos como tarea primordial confiando a este ejercicio la mayor
inversión de su líbido y a su balance –en términos de éxitos o fracasos-
el termómetro de su autoestima?” (pág. 140). Para la respuesta, apela
a la definición de Bleichmar del superyó como estructura defensiva frente
a la angustia, muchas de cuyas actuaciones tienen que ver con anticiparse
a lo traumático (lo temido, la vergüenza, la culpa).
Estos dos
componentes no tienen igual peso en la mujer. Es más temida la reprobación
y su efecto en la subjetividad que las sanciones propias del
incumplimiento de preceptos legales.
3.e- ¿Ideal
del yo femenino o idealizaciones diversas?
¿Y cómo se
constituye en ideal aquello que al mismo tiempo se desvaloriza desde una
cultura patriarcal? Bajo el predominio de la motivación de apego,
el núcleo del ideal del yo propio del formato de género femenino sería
privilegiar lo emocional. Naturalizar, y extender a todas las
relaciones, lo que es propio de la función maternal, en detrimento de los
propios requerimientos. El registro de las propias necesidades, y su
potencial satisfacción, se presenta en la fantasmática femenina como
aparejado al peor de los castigos: la soledad, la ausencia de relaciones
íntimas....peligra el apego. Y la realidad constata no pocas veces este
peligro: la adopción de un modelo “masculino” –en cuanto a manejo
instrumental de la realidad- destina a las mujeres a la soledad. Pero,
como señala Dio Bleichmar, asumir los prescritos ideales de “lo femenino”
impide a la mujer acceder a los parámetros requeridos al modelo
privilegiado en la cultura y la sitúan en un campo abonado para el
sufrimiento y la enfermedad. Porque abandonar dicho mandato de género
trae aparejada la angustia de separación y la culpa. Esta es la
paradoja: cómo se sostiene algo que coloca a las mujeres en esa situación
de inferioridad y riesgo, pero que a la vez es crucial para su equilibrio
narcisista.
Las mujeres en
el campo de lo público siguen funcionando con códigos que privilegian lo
afectivo, lo que les genera enormes dificultades en el manejo de la
competencia, la rivalidad.
Burín definió
este fenómeno como “techo de cristal”: un obstáculo imaginario derivado
tanto de una realidad psíquica paralizante como de la opresión externa.
Y cuando las
mujeres empiezan a reflexionar sobre el lugar en que el entramado social
las sitúa, cuando empiezan a tomar conciencia de género, su queja queda
reducida a una cuestión meramente personal, ya que pertenece al ámbito de
lo domestico. Y vuelve el malestar al percibir una imagen de sí misma
incapaz de solventar aquello que se supone es de su entera competencia.
Levinton lo denomina el efecto “boomerang”. Solamente cuando los datos
epidemiológicos arrojaron cifras alarmantes en diferentes trastornos, se
pudo pensar que el modelo de feminidad era “un factor de riesgo
psicosocial” (Dio Bleichmar,1991).
3.f-Sobre el
deseo maternal
La autora
enfrenta dos posiciones sobre el deseo maternal: la de la teoría
psicoanalítica clásica que lo plantea como meta de la feminidad normal, y
la de otras autoras (Burin, 1987) que lo entienden como un imperativo
categórico de género ("serás madre o no serás nada"). La maternidad
quedaría ligada al período preedípico, aprendida a través de la
identificación y la internalización desde la propia madre. No sería
pertinente remitirse pues a la clásica equivalencia pene-hijo.
¿Y qué papel
juegan los mandatos superyoicos en todo el proceso? Si el mandato es
cuidar incondicionalmente, los sentimientos de malestar que
indisolublemente lleva aparejada la crianza se procesan o bien a través
del sentimiento de culpa o bien narcisizando la capacidad de renuncia.
Condiciones que pasan después a formar parte del formato de género,
mostrando así -como señala la autora- hasta que punto la maternidad
ofrece un soporte para la identidad.
3.g-El
matricidio
Cuestionando
la explicación clásica de "el reproche por la ausencia de pene" y el
alejamiento provocado por la hostilidad, la autora analiza las
consecuencias que la pertenencia al mismo género provoca en la relación
madre-hija.
Relación
compleja y ambivalente para ambas:
- la madre
como figura ambivalente: sede del apego y, a la vez, transmisora de la
norma. Levinton señala, como Dio Bleichmar, la paradoja de que las
llamadas "madres simbióticas" son las que cumplen fielmente el patrón
freudiano de la maternidad.
La relación
con la hija es una fuente de reaseguramiento para la madre. Para la mujer
la función maternal se codifica narcisísticamente como la gran tarea, y es
fácilmente desplazada sobre otras relaciones. Esto supone una gran
inversión libidinal, y el riesgo de frustración e irritación al no
encontrar respuesta (en la pareja, en la/os amiga/os, en el medio
laboral...).
- la igualdad
de género potencia en el desarrollo de la niña la vinculación, dificulta
la individuación. Independizarse comporta, en el imaginario de la niña, el
riesgo de una amenaza para su identidad y el temor por atacar a la madre.
En la pubertad, la idealización que se hace de
todo movimiento hacia la autonomía ignora las necesidades emocionales que
la relación con la madre satisface.
La autora se
detiene en la relación madre-hija hoy, tras los importantes cambios
sociales de las últimas décadas. Madres escasamente preparadas para hacer
frente a las nuevas formas de cuidado que sus hijas requieren, que se
sienten fracasadas si la hija no sigue sus recomendaciones o sus pasos.
Mujeres, como hemos visto, poco entrenadas en el manejo de los conflictos,
con todas sus inversiones puestas en la tarea de la maternidad, incapaces
de tolerar lo diferente sin un grave derrumbe narcisístico.
Hijas tan poco
preparadas como sus madres para resistirse a lo que desde afuera se les
impone como ideal del yo (sexualización, actuaciones, estética...),
priorizando la lucha por no repetir el modelo social de la feminidad
materna (el matricidio). Lucha en la que pierden la necesaria relación de
apego en un momento en que el psiquismo de la joven no está todavía
organizado para afrontar las exigencias de la realidad. Como comenta la
autora "existe la creencia de que si se cambia el envase, variará el
contenido......no cuentan con la carga emocional que, como un mecanismo de
relojería, ya ha marcado su subjetividad, y caen en variaciones
actualizadas de relaciones de sometimiento y postergación...."(p. 160).
La autora
apuesta por la exportación de esta "batalla" más allá del ámbito
domestico, allí donde se puedan frenar situaciones de injusticia, y
contribuir a la creación de una nueva configuración intrapsíquica e
intersubjetiva para las mujeres.
Comentario
final
El libro
constituye un examen riguroso de la teoría psicoanalítica del superyó,
mostrando las limitaciones que implica el no tomar en cuenta el concepto
de género y el conceptualizar al superyó femenino como variante o
desviación de un prototipo universal que estaría marcado por lo que es el
superyó masculino. Pero la autora va más allá de una crítica a la
concepción vigente y profundiza en la especificidad del superyó en la
mujer, especialmente las causas de su estructuración y las razones
psicodinámicas que lo mantienen. Todo ello dentro de un marco teórico –el
psiquismo como organización impulsada por múltiples sistemas motivaciones
en complejo interjuego- que otorga coherencia a las formulaciones
parciales que va desarrollando. La claridad expositiva, el deseo de evitar
las frases típicas que dan por supuesto cuestiones que permanecen abiertas
a la interrogación, y el respeto a los autores a pesar de las disidencias
otorgan un sello al estilo del libro que es de agradecer. Se trata, sin
dudas, de un aporte importante a nuestro conocimiento del superyó, con
consecuencias para la clínica y la psicoterapia.

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