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3. Fábula de los tres hermanos.
Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube, un torbellino en el suelo y una gran ira que sube. Un barredor de tristezas, un aguacero en venganza que cuando escampe parezca nuestra esperanza.
Si me dijeran pide un deseo, preferiría un rabo de nube, que se llevara lo feo y nos dejara el querube. Un barredor de tristezas, un aguacero en venganza que cuando escampe parezca nuestra esperanza.
Te amaré, te amaré como al mundo Te amaré aunque tenga final
Te amaré, te amaré en lo profundo Te amaré como tengo que amar
Te amaré, te amaré como pueda Te amaré aunque no sea la paz
Te amaré, te amaré lo que queda Te amaré cuando acabe de amar
Te amaré, te amaré si estoy muerto Te amaré el día siguiente además
Te amaré, te amaré como siento Te amaré con adiós, con jamás
Te amaré, te amaré junto al viento Te amaré como único ser Te amaré hasta el fin de los tiempos Te amaré y después, te amaré
De tres hermanos el más grande se fue Por la vereda a descubrir y a fundar Y para nunca equivocarse o errar Iba despierto y bien atento a cuanto iba a pisar
De tanto en esta posición caminar Ya nunca el cuello se le enderezó Y anduvo esclavo ya de la precaución Y se hizo viejo, queriendo ir lejos, con su corta visión
Ojo que no mira más allá no ayuda el pie Óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú
De tres hermanos el de en medio se fue Por la vereda a descubrir y a fundar Y para nunca equivocarse o errar Iba despierto y bien atento al horizonte igual
Pero este chico listo no podía ver La piedra, el hoyo que vencía a su pie Y revolcado siempre se la pasóY se hizo viejo, queriendo ir lejos, a donde no llegó
Ojo que no mira más acá tampoco fue Óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú
De tres hermanos el pequeño partió Por la vereda a descubrir y a fundar Y para nunca equivocarse o errar Una pupila llevaba arriba y la otra en el andarY caminó, vereda adentro, el que más Ojo en camino y ojo en lo por venir Y cuando vino el tiempo de resumir Ya su mirada estaba extraviada entre el estar y el ir
Ojo puesto en todo ya ni sabe lo que ve Óyeme esto y dime, dime lo que piensas tú
Dejé pasar unas horas por si se huía tu sueño. Durmiendo la veladora tu tiempo se entró en mi tiempo y, en fin, la guitarra sola gira contigo en el centro. Creo que la luna ya es muy alta y en la caricia falta un viaje a la humedad.
Creo que de noche me despierto con frío, al descubierto, tanteando oscuridad. Creo que la lluvia está cayendo y no voy sonriendo dejándome mojar. Creo que me va a quitar el sueño un dedo aquí, un labio allá, que te perdí, que ya no estás, que ya viví, que te vas.
Dejé pasar unas horas, pupila veladora, por si me daba igual.
Tu tiempo se metió en mi tiempo, momentos y momentos que no quieren pasar. Y he aquí que la guitarra vuelve a soltar amarras, canta y gime al volar.
Creo que me va a quitar el sueño un dedo aquí, un labio allá, que te perdí, que ya no estás, que ya viví, que te vas.
Si fuera diez años más joven, qué feliz y qué descaminado el tono de decir: cada palabra desatando un temporal y enloqueciendo la etiqueta ocasional.
Los años son, pues, mi mordaza, oh mujer; sé demasiado me convierto en mi saber. Quisiera haberte conocido años atrás para sacar chispas del agua que me das, para empuñar la alevosía y el candor y saber olvidar mejor.
Esta mujer propone que salte y me estrelle contra un muro de piedras que alza en el cielo y como combustible me llena de anhelos, de besos sin promesa y sentencias sin leyes. Esta mujer propone un pacto que selle la tierra con el viento, la luz con la sombra; invoca los misterios del tiempo y me nombra. Esta mujer propone que salte y me estrelle sólo para verle, sólo para amarle, sólo para serle, sólo y no olvidarle.
Con diez años de menos, no habría esperado por sus proposiciones y hubiera corrido como una fiera al lecho en que nos conocimos, impúdico y sangriento, divino y alado. Con diez años de menos, habría blasfemado con savia de su cuerpo quemaría los templos para que los cobarde tomaran ejemplo. Con diez años de menos, hubiera matado sólo para verle, sólo para amarle, sólo para serle, sólo y no olvidarle.
Imagínate que desde muy niño te llevaba flores te daba mi abrigo.
Imagínate que soy el amigo de tu mismo barrio que lleva tus libros.
Imagínate que soy de tu calle que siempre pasé por donde miraste.
Imagínate que hasta mi perro me busca en tu puerta cuando me le pierdo.
Imagínate que eres mi dama mi último sueño mi más roja flama
Imagínate que somos nosotros tú y yo para siempre que no eres de otro.
Como la muerte anda en secreto y no se sabe qué mañana, yo voy a hacer mi testamento, a repartir lo que me falta pues lo que tuve ya está hecho, ya está abrigado, ya está en casa. Yo voy a hacer mi testamento para cerrar cuentas soñadas.
Le debo una canción a la sonrisa, a la sonrisa de manantial, esa que salta: le debo una canción a toda prisa para que quede que estuvo cerca, agazapada.
Le debo una canción a lo que supe, a lo que supe y no pudo ser más que silencio: le debo una canción, una que ocupe la cantidad de mordazamor de un juramento.
Les debo una canción a los pecados, a los pecados que no gasté, los que no pude: les debo una canción, no como hermano, sólo de sal que el delectador también alude.
Le debo una canción a la mentira, a la mentira pequeña, frágil, casi salva: le debo una canción endurecida, una canción asesina, bruta, sanguinaria.
Le debo una canción al oportuno, al oportuno mutilador de cuanta ala: le debo una canción de tono oscuro que lo encadene a vagar su eterna madrugada.
Le debo una canción a las fronteras, a las fronteras humanas, no a las del misterio: les debo una canción tan poco nueva como la voz más elemental de los colegios.
Le debo una canción a una bala, a un proyectil que debió esperarme en una selva: le debo una canción desesperada, desesperada por no poder llegar a verla.
Le debo una canción al compañero, al compañero de riesgos, al de la victoria: le debo una canción de canto nuevo, una bandera común que vuele con la historia.
Le debo una canción, una, a la muerte, una a la muerte voraz que se comerá tanto: le debo una canción en que hunda el diente y luego esparza con la explosión fuegos del canto.
Le debo una canción a lo imposible, a la mujer, a la estrella, al sueño que nos lanza: le debo una canción indescriptible como una vela inflamada en vientos de esperanza.
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